“Me atraen las imágenes que me sorprenden, aquellas que se resisten a la comprensión inmediata y se revelan con el tiempo, invitándote a mirarlas una y otra vez.”
Juez de nuestro Premio de Fotografía en Color 2026 (ahora abierto para entradasJonathan Bertin es un fotógrafo francés cuyas cautivadoras imágenes, de estilo pictórico, exploran el potencial expresivo del color, elevando lo cotidiano a algo sutilmente trascendente.
Una hilera de veleros se disuelve en rítmicas estelas azules y blancas. En un dormitorio tranquilo, la larga luz ámbar del atardecer se derrama sobre sábanas sin hacer, proyectando una silueta solitaria en una profunda sombra texturizada. En otro lugar, un gato atraviesa un intenso rayo de sol en un callejón oscuro, y figuras fantasmales se deslizan por una concurrida intersección, sus formas alargadas hasta convertirse en fugaces huellas. En las imágenes de Bertin, lo ordinario se transforma en algo elusivo y cinematográfico: momentos no solo observados, sino sentidos.
Se percibe de inmediato una sensibilidad particular: una sutil predilección por la atmósfera por encima de la claridad, por la emoción por encima de la precisión. Sus fotografías no buscan congelar el tiempo, sino traducir su movimiento y textura en algo pictórico e inmersivo. Es lo que él describe como una exploración de lo «ultrabanal», un espacio donde lo cotidiano se convierte en un campo de experimentación, moldeado y reinventado a través del color, la luz y el gesto.
La trayectoria de Bertin en la fotografía fue, en muchos sentidos, instintiva. «Todo empezó con un travel familiar», recuerda. «Regresé con 3,000 fotos en el móvil, y fue entonces cuando me di cuenta de lo mucho que disfrutaba capturando cosas nuevas». Lo que empezó como un simple impulso pronto se convirtió en algo más absorbente; compró su primera cámara poco después, se sumergió en este medio y finalmente decidió estudiar fotografía y dedicarse a ella profesionalmente.
Al igual que muchos fotógrafos contemporáneos en color, su linaje se puede rastrear, en parte, hasta el trabajo pionero de Ernst Haas«Todavía no entiendo cómo podía ser tan creativo en la década de 1950», comenta Bertin, refiriéndose al uso audaz que el pionero austriaco hacía del desenfoque, el movimiento y la intensidad cromática, elementos que siguen siendo fundamentales en su propia obra. Y si bien la influencia de Haas es evidente en sus trabajos, las inspiraciones de Bertin van más allá de la fotografía.
Habiendo crecido en Normandía, una región asociada desde hace mucho tiempo con la pintura impresionista, Bertin se sintió atraído por artistas como Claude Monet, cuya sensibilidad a la luz y la atmósfera transformó su comprensión del color, y Edgar Degascuyas composiciones poco convencionales —figuras recortadas, ángulos inusuales y una sensación de movimiento suspendido— siguen influyendo en su lenguaje visual.
Estas referencias no son meramente estéticas, sino conceptuales. Al igual que los impresionistas que le precedieron, a Bertin le preocupa menos documentar una escena que transmitir su sensación, su energía fugaz. Su proceso abraza la imperfección como medio de expresión: el desenfoque de movimiento, las largas exposiciones y el movimiento intencional de la cámara se emplean no como experimentos técnicos, sino como herramientas para disolver la forma y reconstituirla mediante el color y la luz. El resultado son imágenes que oscilan entre la representación y la abstracción, donde las figuras se convierten en siluetas y las calles se disuelven en campos de tonos.
El color, en particular, funciona como sujeto y estructura a la vez. «Mis imágenes suelen empezar con un solo color», explica, describiendo un proceso en el que los matices emergen de texturas, objetos o gestos fugaces, antes de expandirse para dar forma a todo el encuadre. Una franja roja, un reflejo azul, el resplandor ámbar del atardecer: estos elementos dan solidez a sus composiciones, generando una sutil tensión que atrae al espectador hacia lo más profundo de la imagen.
También hay una sutil sensación de distancia en su obra. Los sujetos aparecen frecuentemente difuminados —vistos a través de cristales, enmarcados por sombras o reducidos a fugaces huellas— creando una perspectiva que se siente a la vez íntima y distante. Es un enfoque que otros maestros del color, como el gran Saul Leitery es una forma de mirar que refleja la experiencia de moverse por la ciudad misma: observar sin interrumpir, recoger fragmentos sin poseerlos por completo.
En una era marcada por la inmediatez y la sobrecarga visual, las fotografías de Bertin plantean una cuestión diferente al espectador. Se resisten a la interpretación instantánea, desplegándose lentamente y revelando sus matices con el tiempo. Es esta cualidad la que define tanto su práctica como su perspectiva como jurado; le atraen las imágenes que, en sus propias palabras, «me sorprenden, aquellas que se resisten a la comprensión inmediata y se revelan con el tiempo, invitándonos a mirarlas una y otra vez».
Su talento ha sido ampliamente reconocido, y su obra forma parte de prestigiosas colecciones, como la de la Fundación Hermès. Sin embargo, ya sea a través de sus propias imágenes, sus publicaciones o su docencia, la esencia del trabajo de Bertin permanece inalterable: un recordatorio poético e inmersivo de la capacidad de la fotografía no solo para describir el mundo, sino para transformarlo, de forma silenciosa, sutil y con un efecto perdurable.
Todas las imágenes © Jonathan Bertin